Hemos superado la primera etapa de estas fiestas. Hemos celebrado Nochebuena, Navidad y Sant Esteve. Todo ha salido bien. Estuvimos en la misa del Gallo -“¿Dónde está el gallo?, pregunta el peque de la casa que viene por primera vez y se queda dormido como un ángel-, hemos comido un poco más de la cuenta, nos hemos reunido con la familia, hemos llamado y enviado mensajes a aquellas personas a quienes queremos, hemos abierto algún regalo, hemos visto en familia Qué bello es vivir -sustituye a Sonrisas y lágrimas que ha sido un clásico en estos días durante años-y hasta hemos conseguido salir todos los de casa al unísono a dar una vuelta por la ciudad para verla iluminada y adornada, aunque brillaba poco.

La casa vive estos días un trasiego especial. Se incrementan las entradas y salidas. Sigue alargada la mesa del comedor con la planta de Navidad y las velas. Son días de sorpresas. Mañana nos visita una tía que vive fuera y que con sus 85 años tiene más vitalidad que todos nosotros juntos. Cuando aparece por la puerta es como si entrara Mary Poppins. Ella con su bastón y sus historias interminables de viajes, anécdotas y recuerdos deja boquiabiertos a nuestros hijos.

Estas fechas nos ponen entre la espada y la pared. Pasamos de la rutina a lo extraordinario, del trabajo a lo festivo, de lo cotidiano a lo excepcional. Y nos debatimos entre desear permanentemente vivir instalados en esta burbuja de luces y adornos o volver lo antes posible a “lo de siempre”. Los niños por casa incrementan esa sensación de excepcionalidad. Montan un lío fenomenal pero cuando toca volver al cole, me entra una añoranza tremenda. Ahora buscamos planes como ir al cine, acudir a cortarnos el pelo, coger el Barcelona Tours para hacer de turistas en nuestra ciudad, asistir a un espectáculo de magia y hacer y deshacer planes con amigos y sobrinos.

Entramos en la fase de preparación de la segunda etapa: fin de año y año nuevo. Seguimos hablando. Ahora me voy a improvisar una comida en clave infantil.

Anuncios