Cuando llegan estas fechas nuestras agendas se colapsan. No encontramos días para quedar a cenar con más gente. Llegados a este punto, decidimos que nos veremos “el año que viene con calma”. En los diferentes ámbitos que ocupan nuestra vida: familiar, profesional, escolar, vecinal…. proliferan las propuestas de encontrarnos antes de Navidad. Además estos días las ofertas culturales están de estreno y debemos escoger entre un teatro, un cine, un pesebre viviente o un concierto. No tenemos días para verlo todo. 

Si nos adentramos en nuestras neveras y despensas, nos sentimos en la imperiosa necesidad de abastercernos generosamente. Si, además, nos toca cocinar para alguna de las fechas señaladas, nuestro congelador se queda pequeño para albergar las nuevas incorporaciones de pescado, pavo o marisco. El tiempo se nos tira encima y, dependiendo de si reparte Papa Noel o los Reyes Magos, hay que leer las cartas con las diferentes peticiones de los de casa, ahijados, amigos especiales, abuelos y médicos de confianza. E ir de un sitio para otro buscando lo inencontrable que responde a la palabra  “agotado”.

Una reflexión (me la hago a mí misma): Cada año se repite la misma historia. Es una tradición. Para los cristianos tiene un sentido especial, que vale la pena resaltar. Los no creyentes participan en buena medida de las costumbres de estos días. Quizá todos deberíamos desacelerarnos y prolongar el entusiasmo navideño todo el año para quedar con nuestros amigos, con los padres del colegio, con los del equipo de fútbol de nuestro hijo o con la propia familia. Quizá deberíamos sentir que nuestra casa es nuestro hogar incluso sin guirnaldas. El orden y la organización en estas fechas son esenciales. Rétate y adelántate a los acontecimientos. Descarga mucho el cerebro. También es recomendable buscar objetivos razonablemente asequibles en los regalos, en la comida o en la preparación de la mesa. El cariño y el mimo son ingredientes que aseguran un buen resultado. No es el fin del mundo. ¡Es Navidad!

Anuncios