Son muchos los que habían planificado el puente de la Constitución o de la Purísima -depende de quien hable- para hacer unas mini vacaciones o una escapada. Muchas veces soñamos con romper nuestra rutina diaria pero cuando llega el momento preferiríamos seguir soñando. La realidad implica organizar bolsas y maletas, tener en cuenta diferentes variables -medicinas, alimentos, dinero extra…- y convivir intensamente con la propia familia o con los elegidos para compartir esta experiencia. Este puente ha superado con creces los imprevistos de los más previsores. La huelga salvaje de los controladores aéreos ha borrado de un plumazo los planes de nuestros amigos de volar a Alemania, los de una madre con sus tres hijos que viajaba a Disneylandia, la del estudiante extranjero que pasaba unos días en casa…o la de la mujer que aprovechaba estos días festivos para probar en Estados Unidos un tratamiento contra el cáncer que padece.

Las imágenes de los aeropuertos reflejaban el cansancio de pequeños y mayores. Madres alimentando a su hijos pequeños, jóvenes jugando a cartas o personas durmiendo estiradas en cualquier sitio. Escenas domésticas transportadas a espacios públicos donde resultan disonantes. Otros, que nos hemos movido en coche, hemos padecido importantes retenciones de tráfico y atascos en los lugares de destino. El tiempo en la montaña ha sido duro y en la costa inestable. Parecían muchos días, pero entre tanto altercado pasan tan rápido que no nos da tiempo a adaptarnos a la nueva situación. Cuando empezamos la desconexión de la rutina y sentimos que el cambio de lugar nos relaja, hay que pensar en la vuelta.

Volvemos con ropa para lavar, con restos de comida, con lecturas inconclusas, algunos más cansados que cuando salieron y con la mente pensando -a corto plazo- en el trabajo y -a largo plazo- en las próximas vacaciones. Esa dinámica nos mantiene vivos. Pero somos muy afortunados de regresar de nuestras aventuras, abrir la puerta de nuestra casa y suspirar “hogar, dulce hogar”.

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