Hay dos artilugios de mi infancia que hoy no tienen ningún sentido. 1. La palomitera. Nos encantaba hacer palomitas los sábados por la tarde y ver cómo iban explotando desde un pequeño cazo a una especie de urna transparente. El microondas la ha dejado obsoleta. 2. El walkie-talkie. Ese juego para comunicarse que nos llevaba a hablar a escondidas en habitaciones diferentes. “Cambio y corto”. El móvil ha arrastrado a lo más hondo de los armarios este aparato.

¿Cómo nos comunicamos en casa?. Muchas veces le pido a alguno de mis hijos que avise a otro para comentarle alguna cosa. Lo hace a grito pelado y entonces le digo que para hacerlo así ya me encargo yo. El hecho de desplazarse de un espacio de la casa a otro parece que es demasiado trabajoso -y hablamos de 100 metros cuadrados-. Otro fénomeno comunicativo: suena el teléfono. “¿Nadie oye el teléfono?”. Hay un cierto desdén por atender las llamadas del teléfono de casa. Intuyo que algunos piensan que si fuera para ellos les habrían llamado a su propio móvil. Las frecuentes llamadas de números no identificados con encuestas y servicios varios han ahondado en esta actitud de no atender el teléfono. Hace años vi una película de William Hurt en la que la familia jugaba a cartas en casa. El teléfono sonaba estrepitosamente pero nadie se alteraba. Pensé que estaban un poco zumbados. Y ahora esto pasa en mi propia casa.

He visto a mis dos hijas comunicarse entre ellas a través del chat de la Blackberry y pasárselo bomba, cuando practicamente estaban una al lado de la otra. Y el otro día me sorprendo a mí misma enviando un mensaje por Facebook a una de ellas: “Vete a la cama”. Pensé que eso era demasiado. Le hizo mucha gracia pero no lo voy a repetir. Me levantaré del sofá y haré de madre en persona. Más ingrato, sin duda, pero más racional.

Leía hace poco en el diario La Vanguardia que se referían a la “generación búnker” para hablar de los adolescentes que se cierran en su cuarto y con el móvil y el ordenador se comunican con el mundo. Hay que ir con cuidado. Yo quiero seguir hablando con los míos aunque sea para discutir. Las horas de las comidas son un momento excelente para compartir experiencias. Busquemos unificar horarios aunque cada vez sea más difícil. Y si no, mantengamos la tradición de comer juntos el domingo con postre especial incluído.

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