En estos días de trajín de armarios, al trabajo físico que comporta tal tarea hay que añadir cierto esfuerzo mental. Cuando hago el cambio de armarios de mis hijos varones -ya os comenté que las adolescentes me han liberado del suyo- debo tomar decisiones. ¿Qué ropa guardo para el año siguiente?, ¿Qué piezas seguro que ya no le irán?, ¿Cuáles debo descartar para dar o tirar- si están muy deterioradas-? y ¿Qué ropa guardo para que el pequeño aproveche?. Parecen cuestiones sencillas pero cuando estás inmerso entre montones de ropa todo parece más complejo.

Una lección que he aprendido con los años: los niños no necesitan tanta ropa. Es mejor tener unos pocos conjuntos que nos gusten -y a ellos también-, ropa en buen estado y de su talla. Hace poco, Carla, que se ha inaugurado como mamá hace unos pocos meses, me comentaba que ahora sólo se fija en la ropa infantil. Realmente es así, al ser madre se disparan varios instintos y éste de comprarles ropa es uno de ellos. Pero con la experiencia, uno acaba racionalizando el tema. Al cambiar el armario observamos que varias piezas que no se han puesto. También perdemos el ansia de que estrenen y aprovechamos mucha ropa que nos pasan familiares y amigos.

A algunas piezas les tenemos un cariño especial por motivos varios (la ocasión del estreno, quien se la regaló, la exclusividad…) que nos dificultan tomar una decisión. Y tendemos a guardarlas. El tema más complejo es el de guardar ropa de un hijo para otro, más si como en mi caso se llevan seis años. Hay que tener en cuenta la temporada en que nacieron porque las tallas pueden no coincidir. También, aunque no seamos esclavos de la moda, hay cosas que con el paso de los años quedan muy desfasadas. Cuando recupero ropa guardada en cajas durante tiempo, veo que ahora no le  pondría al peque una bermuda de terciopelo o un abriguito azul marino que llevaba su hermano. Ahora va con pantalones largos, cazadoras y sudaderas. Esta constatación me lleva a guardar sólo piezas que veo muy claras.

Todos estos aprendizajes revierten en unos armarios más despejados donde no se acumulan piezas sin uso y en una compra más racional y menos impulsiva.

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