No hablamos de nuestro adorable caracol Blogy, y de su especie. Hablamos de unos pequeños e insignificantes animalillos que entran en nuestras casas poniendo patas arriba allí por donde pasan. No son simples hormigas ni la carcoma que gusta de buenas y nobles maderas. Se trata de esos … me da cosa nombrarlos porque sólo pronunciar su nombre nos llevamos las manos a la cabeza. Pero me atrevo. Lo diré sólo una vez: ¡piojo!. Cuando mi abuela decía que alguien era “un piojoso” me imaginaba a un ser casi prehistórico cubierto de mugre y apestoso. Cómo vamos a llamar así a nuestros adorables hijos cuando tienen la cabeza infestada de habitantes.

Acaba de comenzar el curso y ya están aquí, como los mocos. Una amiga educadora decía: “los niños cuando empiezan a ir al cole se ponen la bata y los mocos y no se los sacan hasta junio”. ¿Habrá que añadir a la frase algo más?. El caso es que la plaga en la cabeza de nuestros hijos afecta a la limpieza doméstica. Nadie sabe qué es ese bichillo hasta que lo ve una vez. Entonces, ya no se le olvida. A partir de ese momento, cuando haya uno lo sabrá detectar. En nuestros baños aparecen champús y lociones repelentes, liendreras -esos peines específicos para acabar con ellos, de púas muy juntas- y gorros de ducha. Siempre que vamos a un hotel y ponen uno de cortesía, nos lo llevamos por si se requiere.

La higiene doméstica se extrema. Cuando aparecen por primera vez en una casa, las lavadoras van a toda máquina: almohadas, sábanas, fundas de colchón, toallas…luego el tema se relaja un poco. Se aconseja lavar la ropa de cama y las toallas en un programa separado de la otra ropa que tengamos para lavar. También es recomendable subir un poco más de lo habitual la temperatura de lavado para acabar con todo. Los peines, cepillos y demás hay que enjabonarlos bien o pasarlos con alcohol. Está más que comprobado que esta especie animal ya no está asociada a la suciedad. Ha descubierto los placeres de la limpieza y se instala sin piedad en nuestras casas.

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