Estoy lavando el último cargamento de verdura que me traje del huerto de mis vecinos en la montaña. Y en medio de una hoja de acelga aparece un minúsculo caracol. ¿Qué hago con él?. ¿Qué opciones tengo aquí en el quinto piso de un edifico de una calle céntrica de la ciudad que no sea enviarlo al cubo de basura orgánica?. Me parece una crueldad que el pobre caracol se haya hecho el camino del huerto a mi casa para acabar así. Allí lo habría dejado fuera en la hierba y santas pascuas. Me lo miro y me lo remiro en su pequeñez. Lo muevo con la punta de un cuchillo para ver si mi sencilla máquina de hacer fotos logra enfocarlo entre mondas de patatas y verdura.

Y de pronto se transforma en un personaje de Disney que sobrevive en la jungla de la gran ciudad. He conseguido posponer mi decisión unos minutos pero debo seguir cocinando y determinar el destino del caracol. Llamo a voz en grito a mi hijo pequeño. Y le digo: “Mira”. “Anda, ¡un caracol!”, exclama. Se va directo al armario de los tuppers, me pide un poco de lechuga y coloca al minúsculo caracol en el lecho verde y remojado. Le pone un poco de papel de plata y lo agujerea con un tenedor para que respire. Yo también respiro. Hemos encontrado una solución al destino del bichito. Ahora está en la terraza y no me atrevo a levantar el envoltorio plateado por miedo a lo que me pueda encontrar o dejar de encontrar.

Esa misma tarde salimos a pasear. Y el pequeño de casa se lleva una pelota de goma y se pone a chutar en la acera como si estuviera en la libertad de la montaña. Por poco perdemos el balón debajo del primer autobús que pasa. Está todavía con los comportamientos veraniegos y las inercias de la vida en el campo. Tendrá que adaptarse como el caracol. Son los tremendos contrastes del campo y la ciudad. Difícil elección para un adulto. No sé si para el niño y el caracol.

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