La semana pasada subí a casa de mi amiga Glòria, vecina del apartamento de arriba en la montaña. Era media mañana y la noté algo nerviosa. Se iba esa tarde a su residencia habitual con sus tres hijos y quería cerrar la casa en las mejores condiciones posibles. Por cuestiones de trabajo, sabía que no volvería en una temporada y, antes de que el olvido mitigue el recuerdo de cómo dejamos las cosas, quería asegurarse de que quedan bien. Así cuando vuelva no habrá más incertidumbre que la del polvo que se cuela por las rendijas. Entonces vi en su nerviosismo un adelanto del mío pocos días después.

Cuando pasas una larga temporada fuera de casa, tu casa de verano -no importa si es de alquiler o de propiedad- asume el papel de segunda residencia. Es decir, se convierte en un sustituto temporal de tu hogar. Y hay que ver con que facilidad ocupamos espacios: nevera, armarios, estanterías y trasteros o garajes. Vivimos diariamente con naturalidad como si fuéramos a quedarnos allí para siempre. Pero, ¡alto! , los días van pasando y empezamos a intercambiar la famosa frase de “las vacaciones se acaban, aprovechemos lo que queda al máximo”.

Los días finales parecen acortarse como las horas de sol y nuestra mente entra en shock combinando el placer de los restos del verano, con los proyectos de la nueva temporada. Hay que programar con dos o tres días la salida. Son tantas teclas domésticas las que hay que tocar que si no lo hacemos gradualmente podemos dar al traste con nuestro descanso vacacional. A mí me funciona ir desacelerando el ritmo de compra de comida la última semana e ir vaciando la nevera. También voy recogiendo ropa de los armarios y dejando dos o tres conjuntos para cada uno. Hago limpiezas más a fondo para repasar el último día. Intento tener el cubo de la ropa sucia muy al día para dedicar las últimas lavadoras a la ropa de casa.

Al volver, es muy diferente abrir maletas e ir guardando en los armarios, que empezar a separar ropa para lavar y planchar. Si el aterrizaje ya es duro por el contraste de sensaciones, suavicémoslo con un poco de organización. Las plantas también se vienen conmigo. Cada vez soporto menos paquetitos de última hora. Intentad agrupar la ropa en las maletas, cosas varias en bolsas de mano y una cesta para sobrantes de comida. Es menos estresante esto que abrir el capó del coche a la llegada y que te caigan encima decenas de bolsas con contenidos varios.

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