En pleno revival de Mecano, el título de una de sus canciones – “Me cuesta tanto olvidarte”- me sirve para expresar la añoranza que voy a tener de la vida sana y saludable que hemos disfrutado este mes de agosto en la montaña. Aquí los cielos son más intensos, la diferencia entre el día y la noche más clara, las tormentas más apetecibles, los colores más auténticos. Un paseo por la montaña basta para ver que el verde y los ocres tienen una variedad de matices difíciles de enumerar y de nombrar. Y el aire, y el agua. ¡Y la comida!

Ya os expliqué en otro comentario del blog que encontré un hombre del campo que me abastece de productos naturales y que siempre es muy generoso con las cantidades. Una pareja de españoles asentados en Francia hace años, vecinos nuestros en este pequeño pueblo de la Cerdaña, suelen regalarnos productos de su huerto. Nos comentan que ellos cultivan su pequeño huerto más como un entretenimiento pero que ya tomaron mucha verdura en otros tiempos y ahora no les apetece mucho. Cuando les dije inocentemente que a nosotros nos encantaba saborear los productos recién recogidos del huerto, suelen dejarnos en la mesa del jardín algún “regalito” en forma de zanahorias tipo Bugs Bunny, en un manojo de acelgas o en unos pequeños calabacines redondos.

El caso es que entre nuestros vecinos y mi proveedor campesino, nos hemos pasado el verano tomando lechugas y tomates excepcionales, judías con patatas, crema de verduras, tortillas de berenjenas y muchas setas que nos regalaban otros vecinos amigos, auténticos expertos en la materia. Cómo voy a echar a faltar todos esos productos cuidados en esta tierra con un clima tan benéfico y que saben a gloria. En invierno rebuscaré por los mercados en busca de productos que se parezcan a éstos. Pero tendremos que esperar al verano que viene para volver a recuperar su esencia, su sabor, su olor y el placer de compartirlo con nuestras visitas.

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