Después de pasar por elBulli, mi marido y yo hemos comentado en varias ocasiones a amigos y familiares la experiencia que vivimos. Al explicarlo, compartimos una experiencia vital tan emocionante como un viaje. Cuando explicamos nuestra cena, cada uno acaba resaltando aquello que sin papeles -al finalizar la cena nos dieron el menú que tomamos- ni fotos -inmortalizamos el ágape en diferentes fases- ha quedado grabado en nuestra memoria.

El menú constó de nada más y nada menos que  de 35 platos. A mí me gustó una galletita muy fina, pequeña y redonda, una delicatessen, de tomate con albahaca. Era increíble que en esa pequeña pieza se percibiera tan claramente el sabor de sus ingredientes. Tomamos un coctel de piña colada con trocitos de piña liofilizados, que era exquisito y refrescante. Muy intensos también eran unos falsos cacahuetes, frágiles por fuera, y que contenían como un toffee de cacahuete en su interior.

También evoco siempre una espuma de ostra que iba acompañada de unas hojas verdes. Éstas hacían las veces de una tostadita para acompañar. Genial!. Y la gamba roja de la zona en toda su plenitud. La cola perfectamente cocida, al punto, más bien dura. Las patas crujientes y comestibles. Y en una pequeña cucharita la esencia del jugo de la gamba. Super sabrosa.

Al final una espléndida caja roja como la que llevan los magos. Se abría y estaba llena de chocolates. Tenía cajones a ambos lados y aparecían más y más chocolates. Finos, con diferentes sabores, formas y presentaciones. Como un espectáculo pirotécnico de un gran final de fiesta.

Seguro que hay tantas evocaciones gastronómicas de elBulli como comensales han pasado por su sala. Cada nueva temporada se van introduciendo gradualmente nuevas creaciones. Y cada persona acaba resaltando unas en particular. Es el misterio del arte, de su percepción, su vivencia y su recuerdo. Sin duda todo un privilegio poder contarlo.

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