Conocer a Ferran Adrià ha sido maravilloso. Hace unos días tuve el privilegio de compartir junto a mi marido periodista más de una hora de diálogo con el que está considerado el mejor cocinero del mundo. Ferran Adrià nació en Hospitalet, una ciudad colindante de Barcelona hace 48 años. Se define como “un chaval de barrio”, “autodidacta de formación”, que consume cultura “multiusos” -le gusta diferente tipo de música, de cine o de arte- y que quiere seguir aprendiendo.

Este hombre, afable y expresivo, ha despertado debates encendidos sobre gastronomía y ha introducido la cocina en el mundo de la cultura con mayúsculas: estuvo presente en la importante feria de arte Documenta de Kassel en 2007 y próximamente inaugurará en la excelsa Universidad de Harvard un curso sobre ciencia y cocina. Adrià ha revisado extensamente su trabajo, ha mirado hacia atrás, y lo ha plasmado en el completo volumen Cómo funciona elBulli. Las ideas, los métodos y la creatividad de Ferran Adrià (Phaidon), que firma junto al director de elBulli, Juli Soler, y a su hermano Albert. “De 1984 a 1993 hacía cosas nuevas para que gustaran a la gente -explica-. A partir de 1994 creamos un nuevo lenguaje, nuevos métodos que no podíamos ni imaginar”.

Entiende que algunas personas no estaban preparadas para que la comida les interpelara, les provocara. Ha sido un revolucionario que ha ensalzado la cocina y a los cocineros. Quiere seguir creando pero necesita tiempo, necesita viajar y darse un respiro. Ese el motivo por el cual ha decidido cerrar temporalmente elBulli a finales de julio del 2011. Además está muy ilusionado con la construcción de un centro creativo por el que pasarán 25 becarios para compartir sus experiencias. “La cocina es un lenguaje transversal”, dice Adrià, un lenguaje que millones de personas en el mundo desconocen porque pasan hambre. Tiene claro que hay que acabar con eso. Está convencido de que la cocina debe entrar en el sistema educativo y proximamente publicará con la Fundación Alicia un libro junto al cardiólogo Valentí Fuster.

Ha sido un placer conocer a Ferran Adrià, no sólo por su arte y su cocina -de la que os hablaré proximamente- sino porque tengo la sensación de haber estado con un genio sin figura, con una persona transparente y honesta, que bebía agua como nosotros y que, enfundado en su bata de Lavazza y con su delantal azul marino, nos hizo sentir como en casa.

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