Hace ya un par de semanas que nuestros hijos acabaron el curso escolar. Han sido días de aclimatación. A las temperaturas veraniegas, a los nuevos horarios y a la convivencia de todos y cada uno de los de casa con sus cosas y ocupaciones. Y entre esta preparación para las vacaciones, hoy descubro que los restos del curso están apilados en las mesas de estudio esperando a que tomemos una decisión. Aquellos libros que forramos pacientemente, aquellas carpetas y libretas nuevas y aquella cantidad ingente de material escolar que compramos nos vuelve ahora de forma digamos “diferente”. Espirales medio rotos, libros subrayados, capuchones de bolis sin boli y bolis sin capuchón, restos y más restos: de lo que fue un compás, una goma de borrar o una regla.

Está claro que los tiempos no están para tirarlo todo y empezar de cero. Por eso la mochila y los estuches van directos a la lavadora. Y una vez bien secos, al armario para resurgir en septiembre. Empezamos a repasar el material y apartamos lo que se salva, que hay que decir que no es mucho. Respecto a los libros, muchos son de actividades y, por lo tanto están todos escritos, y no sirven para otro uso. Luego están los libros de texto. ¿Vale la pena guardarlos?. Mi experiencia dice que no: los años que separan a un hijo de otro han dado pie a varios cambios editoriales. Alguna vez hemos guardado alguno pensando que serviría para repasar la materia del año próximo, pero no lo hemos abierto nunca más. Con todo el respeto -a la educación, el saber, el aprendizaje, el trabajo…- van directos al contenedor de reciclaje de papel.

Y luego siguen quedando restos: la agenda del año, el punto de libro y el poema de Sant Jordi, alguna carta informativa que algún día debió llegar a nuestras manos, y hasta restos de trabajos de plastilina y de algún bocadillo! Antes de que entren en casa las nuevas incorporaciones para el próximo curso se impone orden y limpieza, como siempre.

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