Están al caer. De momento, no hemos inaugurado en casa la temporada del aire acondicionado. Abrimos las ventanas y pasa el aire. Pero en un futuro no muy lejano no me libro. Hace un par de semanas los termómetros subieron a temperaturas de pleno verano. Fue sólo un aviso. Pero mi marido ya estaba con el mando del aire acondicionador apuntando al aparato y dispuesto a marcar el número 18, su preferido en estos casos. “Por cierto -le dije- recuerda que hay que limpiar los filtros antes de poner los aparatos en marcha de nuevo después de todo el invierno”. Una mueca de profundo desencanto se dibujó en su rostro, incluso alegó que no deberían estar muy sucios, pero contraataqué con el discurso sanitario: “Si no se limpian, puede ser muy peligroso y podemos coger una legionella”. Irrefutable. Mi marido desmontó los filtros y los limpió y los dejó secar en la terraza. Después volvieron las lluvias y el tema aire acondicionado quedó en “standby”. 

Pero están al caer esas “batallas” domésticas que provoca el encendido del aire acondicionado. Vayamos por partes. En casa tenemos dos aparatos que cubren sólo media casa. Por tanto al encender el aire creamos dos zonas muy contrastadas de temperatura. Las viviendas que tienen un sistema de ventilación adaptado en toda la casa consiguen una temperatura uniforme en toda la vivienda. En este caso, sólo hay que pactar los grados a los que se pone. Existe también otro factor que vengo observando hace años y que está ligado al género: los hombres necesitan el aire acondicionado; las mujeres lo toleramos un rato y suave. Como en cualquier norma, hay excepciones.

Hay que sopesar también los beneficios del aire acondiconado y sus desventajas. Como ventaja sólo se me ocurre que alivia el calor. Pero le veo muchos contras. A mí me sienta fatal. He desarrollado una especie de rinitis alérgica y me pongo a estornudar, además me provoca un dolor de espalda como de contractura. Me alivia saber que estos síntomas también los padecen otras personas. Una cosa es adaptar un poco la temperatura y otra entrar en un iglú como ocurre en muchos locales públicos. Se habló de fijar una temperatura de 25 grados para que el consumo energético no fuera excesivo pero os aseguro que en muchos sitios no se cumple. En mi casa tampoco. Y temo que un día mi marido sufra algún tipo de reacción expuesto a esas bocanadas de aire frío. Sé que cuando no estoy no repara en ventilación. Cuando coexistimos empezamos las batallitas de yo lo apago, tú lo enciendes, “no se puede aguantar este calor”, “me va a dar algo con este frío”… ¿os suena o sólo pasa en casa?

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