La tecnología en el hogar es una realidad. Los avances tecnológicos en el ámbito doméstico han cambiado por completo las casas. Cuando nuestras madres hablan de lavar a mano la ropa, de comprar bloques de hielo para conservar los alimentos en las primeras neveras o de los primeros aparatos de televisión en blanco y negro, nos suena prehistórico. Aceptamos con naturalidad la tecnología doméstica porque nos resulta impensable funcionar sin lavadora, congelador, secadora, microondas y demás. Incluso, si me paro a pensar considero altamente misterioso que pueda comunicarme con vosotros tecleando en mi ordenador y dándole a una tecla: “publicar”. Un cambio revolucionario en el mundo del periodismo y de la comunicación.

Pero la tecnología no se detiene. Y los que no se suben al carro se quedan fuera. Los cambios son tan rápidos que plantean temas de organización doméstica. ¿Qué hacemos con tantas y tantas cajas de fotos, de albumenes grandes y pequeños? ¿Qué hacemos con horas y horas de grabación de vídeo que incluyen fiestas y festivales de nuestros hijos, excursiones y celebraciones familiares? ¿Qué hacemos con los vídeos de Disney, los clásicos de siempre que veía nuestra hija mayor hace tan sólo quince años? ¿Qué hacemos con los discos de vinilo y unas cintas llamadas “cassettes” que sólo mencionarlas me hacen sentir desfasada?.

Los hogares albergan personas maleables y adaptables al medio tecnológico de forma camaleónica. Estas personas cambian cintas y vídeos de soporte y te hablan del futuro, de unidades de memoria y de cables con todo tipo de letras y siglas. Son los tecnoadictos. Por otro lado, estamos los tecnófobos. Los que solemos argumentar “es que yo soy de letras” ante el temor de que un dedo despistado provoque una debacle tipo perder un documento o hacer desaparecer funciones del propio ordenador. Porque estas cosas pasan. Nosotros retamos constantemente a nuestro vecino y amigo Albert, que pertenece al primer grupo. Su última operación rescate consistió en volver a poner del derecho la pantalla del ordenador de nuestra hija, que no sé qué había tocado pero había dejado todos los iconos patas arriba. Y también están, los que mi hermanos “teleco” denomina “los resistentes al cambio”: personas como mi madre que viven con orgullo sin un microondas o un lavavajillas “porque no lo necesito para nada”.

De todo este tema me preocupa el tiempo y el orden que dedicamos a este reciclaje tecnológico para que nuestros recuerdos, experiencias y vivencias permanezcan de alguna manera. Ya serán otros los que decidirán si se los quedan o prescinden de ellos.

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