He comentado en varias ocasiones que el hecho de que nuestras casas deban ser lugares limpios y ordenados no las debe convertir en espacios asépticos. Todo lo contrario. Defiendo una casa que no sea un museo sino un hogar donde se perciban vivencias y experiencias de sus habitantes, que puedan ser recordadas.

El otro día compré guisantes en el mercado de la Boquería. Por la tarde, me puse con mi hijo pequeño a pelarlos en la mesa de la cocina, a abrir las vainas  y a contar cuántas “bolitas verdes” salían de cada una. Fue una experiencia de vuelta a mi infancia: a otra mesa de la cocina con mi abuela. Era un festival de color verde y de intenso olor a guisante de verdad.  Y ya no digamos el sabor después de hervirlos con unos dados de patatas.

Hay que recuperar esencias como éstas. Muchos colegios llevan a los niños a granjas de animales durante el curso escolar. Sería estimulante que también los acercaran al campo y a los huertos y que pudieran seguir la explosión de los alimentos en esta época. Algo más que ver crecer un haba en un recipiente vacío de yogur con un algodón. Los que vivimos en la ciudad estamos demasiado alejados de la tierra. Estas últimas semanas las zanahorias de manojo vuelan en casa. Las pongo a la vista, pelo unas cuantas y desaparecen al instante. ¡Están buenísimas!, son una “chuche” perfecta para picar a media tarde. Y mis hijas adolescentes, que están en plena campaña de bronceado, las toman encantadas para estimular la melanina.

En las vacaciones escolares podemos aprovechar para redescubrir la naturaleza: ir a coger moras y después hacer mermelada, acercarnos a algún huerto y ver crecer las lechugas, comprar los huevos o los yogures en una granja y enseñarles a nuestros hijos de dónde sale lo que comemos antes de que adquieran una forma empaquetada en el supermercado.

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