Cuando nuestros hijos empiezan a ir al colegio llenan nuestras casas de dibujos, manualidades y álbumes. Cada vez que acaba un trimestre se ha convertido en un ritual sentarnos mano a mano con el álbum del momento en las rodillas. Entonces el peque empieza a pasar página a página y a relatar anécdotas sobre la ficha o a expresar si era fácil o difícil de hacer. En ocasiones, disimuladamente, pasamos unas cuantas páginas de golpe para acelerar el proceso. Pero, alto: “¡Nos hemos saltado una página!”. Volvemos al punto en que estábamos. La verdad es que, aunque por vicio intentemos acabar antes la sesión, estos momentos son de esos que llamo “dulce hogar”, entrañables y cargados de calidez.

El tema se convierte en asunto de blog cuando se tiene más de un hijo que cada trimestre trae uno o dos álbumes, más los extras de Navidad, la Castañada, el inicio de la la primavera, el día del Libro, el de la Paz, Pascua o Carnaval. Ese volumen de papel y objetos varios hay que multiplicarlos por los años que transcurren desde parvulario hasta la adolescencia. Son casi una década de materiales. La cuestión es: ¿Qué hacemos con todo esto?.

Conozco a algunas personas que al día siguiente de entrar en casa lo tiran al contenedor de basura, otras que lo guardan en una estantería en plan colección enciclopédica y otras que hacen un combinado entre guardar y tirar. Reconozco que soy muy expeditiva en temas de orden doméstico pero en este terreno me quedo emocionalmente bloqueada y me cuesta tomar decisiones. Si mis hijos me hacen un dibujo o una nota, suelo meterlo en el último libro que estoy leyendo o en el bolso. Si la manualidad es más grande le busco espacio en mi mesita de noche, en mi cesta de productos del baño o en la cocina. En caso de que el trabajo sea muy espectacular puede, incluso, llegar a presidir la cómoda de la entrada durante una temporada.

Hace años mi amiga Miriam me contó que ella guardaba la tapa del álbum -suelen estar muy trabajadas- y las fichas o dibujos mejor hechos de cada curso. Me pareció un buen truco y empecé a ponerlo en práctica con mis hijos medianos, pero sin continuidad. Ahora tengo pendiente ponerme a archivar unos cuantos, junto con fotos de viajes y otros eventos. Sé que en su día mi padre se llevó a su despacho una caja inmensa con ruedas con toda la producción de nuestra hija mayor, que está a punto de entrar en la mayoría de edad. Con el pequeño aún estoy a tiempo de actualizarlo. ¿Debo ser racional, sentimental, conservadora o exterminadora?

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