Nuestra hija mayor lleva toda la semana fuera disfrutando del viaje de fin de curso. Evidentemente la echamos de menos pero su recuerdo está muy presente. Su caótica mesa de trabajo sigue ahí y nosotros seguimos comiendo polvorones. Sí, polvorones. Para financiarse el atractivo viaje a Italia vendía bolsas de polvorones. Y nosotros no cesamos de comprarle paquetitos. El hecho es que todavía nos quedan tres. Pero, como siempre he oído decir en casa: “Aquí no se tira nada”.

Veo desde nuestra terraza a unos vecinos del barrio que mantienen un muñeco de trapo vestido de Papa Noel en la suya. Intuyo que éste ya no se mueve. Pero los polvorones y también un poco de turrón de jijona sobrante tienen vida, y en breve desaparecerán. Pongo en unos boles yogur blanco -en Mercadona encuentro uno de 500gr – muy cremoso y encima le echo unas virutas de turrón o bien un polvorón desmigado. Es un recurso de aprovechamiento tipo torrijas, que en casa gustan mucho. Si te sobra un trozo de barra de pan de uno o dos días, cortas rodajas y las mojas en leche. Después las pasas por huevo y las fríes. Finalmente las espolvoreas con azúcar. Están buenísimas. Incluso frías.

Y estos trucos que revierten en una buena economía doméstica me llevan a recordar una merienda que nos preparaba mi abuela en mi infancia. Consistía en una rebanada de pan untada con leche condensada y con chocolate rallado por encima. ¡Deliciosa!. Otro más: en la carta de un restaurante encontré un postre que llevaba el sugerente nombre de “recordando la infancia”. Lo pedí. Era un plato con naranja, plátano y galleta chafados al que habían dado un punto de gratinado. Fue una sensación de vuelta a la trona.  Seguro que vosotros tenéis otras propuestas similares para compartir. Las espero.

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