Las adolescentes de hoy -ignoro si los chicos también- adoran los peluches. Cuando se acerca el cumpleaños o la fiesta de alguna, el grupo de amigas sale de compras y siempre cae un peluche. El año pasado a mi hija de catorce años le regalaron cuatro. Todos voluminosos. Todos representando una cara sonriente con un par de prolongaciones que figuran los brazos. Todos con frases mimosas y cariñosas. Y todos en la gama de los colores del parchís. A la hora de ubicarlos, mi hija decidió ponerlos en la cama junto a otros peluches anteriores sobre el edredón y los cuadrantes que cubren su cama. El resultado da una estética discutible. Si sugiero guardarlos, imposible. Me lo regaló tal amiga o la otra. Además, añade: “toca,toca, es desestresante”.

A la hora de la verdad no se duerme acurrucada con su peluche preferido ni estudia presionando el de relleno antiestrés. Los peluches de noche vuelan por los aires y acaban abandonados a su suerte en el suelo. A la mañana siguiente con las prisas de salir para el colegio la cama queda regulín hecha y los muñecos con más suerte lanzados al azar sobre la cama. Los otros, olvidados, siguen en el suelo.

Al peque de casa siempre le ha gustado el osito de Winnie the Pooh. Su madrina le regaló hace años un peluche con el que duerme y que hasta hace poco se llevaba cuando salíamos fuera de casa. Ahora Pooh goza de la compañía de otros osos peluches que sus hermanas adolescentes le traen de sus viajes. Pero todos ellos son un foco de polvo y de vez en cuando hay que meterlos en la lavadora. Si hay alguno con piezas delicadas o ropa con botones los meto en una bolsa de rejilla. Los que llevan velcro, bien cerrados para que no estropeen a los otros. Hago una lavadora de color y otra clara para que mantengan su tono original. Recomiendo poner poco jabón para que queden esponjosos y añadir suavizante. A secar y de nuevo a sus posiciones. Y por lo que veo, larga vida para los peluches.

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