Una de las primeras cosas que recuerdo de cuando mis hijos empezaron el colegio fue el gran poder de seducción que tenían sus educadoras para que al acabar una actividad todos se pusieran al unísono a recoger. Cuando los recién iniciados en el cole a través del curso de p3 llegaban a casa, solían teatralizar muchos de los hábitos que estaban adquiriendo en la clase. Y todos ellos utilizaban una cantinela que decía: “a recoger…”. Nos ha sido muy útil esa sintonía repetida en el colegio y en casa para guardar un puzzle después de montarlo, ordenar las plastilinas después de hacer figuritas o guardar los lápices de colores en la caja tras hacer un dibujo. Ahora me planto en la puerta de la habitación de mis hijas adolescentes y les canto el “a recoger” para ver si les enternece el recuerdo de su no tan lejana infancia. No me suele dar resultado.

Al acabar estas fiestas siempre tengo una sensación ambivalente: por un lado, me da pena que todas estas celebraciones se acaben; y por otro, tengo cierta prisa por recomponer la casa y que cada cosa vuelva a su sitio lo antes posible. Así que me enfundo los guantes glamurosos que me ha regalado mi cuñada Pilar y me dispongo a desmontar el árbol, a guardar las bolas, a proteger con papel burbuja los centros y los portavelas de cristal, a empaquetar las mantelerías, las toallas de Navidad y la cubertería de plata.

Vuelvo a repasar las estancias para asegurarme de que lo he recogido todo. El peque de casa se resiste a borrar de un plumazo la hasta ahora omnipresencia navideña. Y pide clemencia para un Papá Noel que tiene en su habitación y que sube y baja por una escalerita cada vez más maltrecha. Le concedemos el deseo. “No quiero que lo metas en una caja y lo guardes en el altillo”, dice con buen criterio. Sabe que el altillo es ese lugar de tan complicado acceso que todo lo que entra en él no sale con facilidad.

Anuncios