Es día de Reyes y su magia ha superado nuestras expectativas. Es tradición en cada hogar ubicar los regalos en un espacio concreto. En casa es en el salón, encima de los sofás. Entornamos las puertas por la noche y el primero que se levanta avisa a los demás. La contemplación de la postal tiene valor absoluto si se hace ante la presencia de todos los miembros de la familia. Además antes de iniciar el ritual de averiguar qué es para quién hacemos una foto. Estos últimos años nuestro hijo pequeño, de cinco años, despliega todos sus recursos acústicos y corporales hasta conseguir incluso que sus hermanas adolescentes abandonen las sábanas con cierta premura.

Hay tantas ganas de abrir, de saber, de montar…que la situación se caotiza en cierta manera entre papeles, cajas y demandas de pilas para juguetes. Por supuesto los más pequeños son los protagonistas. Con el paso de las horas podemos comentar lo que nos han traído los Reyes a cada uno, nos damos cuenta de que sus majestades se llevaron los dibujos que les dejamos pero que no comieron demasiado y vamos atesorando esos pequeños detalles como monedas de chocolate, bombones, barritas de leche y demás dulces que tanto apreciamos en casa.

Ese día es difícil cualquier reclamo para desayunar y pasar por la ducha. Finalmente lo vamos consiguiendo cuando se acerca la hora de comer. No puedo evitar aprovechar esos espacios de tiempo mientras uno se cambia o el otro habla por teléfono detallando a los abuelos o padrinos cada uno de sus regalos para poner un cierto orden. Mi tendencia es a agrupar cajas inútiles y envoltorios en bolsas para bajarlos a los contenederores de reciclaje. Pero cuando estoy en plena faena siempre sale una voz que me dice: “no tires esa caja que hay que guardarla de garantía 15 días…”. Eso sin duda supone un frenazo a mi impulso de organización casera.

Año tras año constatamos que por mucho que hayamos ajustado nuestras cartas los Reyes se han excedido en generosidad y cuando los niños vuelvan al cole tocará recomponer espacios, estantes y armarios para que quepamos todos con nuestras cosas. Ese será otro capítulo. La tradición nos reúne hoy en torno a un roscón pastelero relleno de mazapán y cubierto con frutas confitadas que esconde en su interior un haba y una figurita. Los niños se ponen unas coronas que acompañan al pastel y los mayores nos comemos el trozo correspondiente con cautela, por las muelas y por lo que pueda caer. Al que le sale el haba le toca pagar el roscón y al que le toca la figurita se le corona como el afortunado.

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