“Los Reyes Magos están cada día más cerca y lo ven todo. Pórtate bien para que te traigan regalos”. Cuando se acerca el día 6 de enero los padres que tenemos hijos pequeños -y no tan pequeños- en pleno relajo de horarios escolares recurrimos con frecuencia a ese tipo de frases: “Que vienen los Reyes”. A pesar de repetirlas hasta la saciedad siguen teniendo una fuerza increíble. Porque no hay quien pueda con  la magia de los Reyes de Oriente y con el encanto de esa noche.

Algunas familias han desplazado los regalos navideños al día 25 y han entronado a Papá Noel o a Santa Claus como el portador de deseos pero creo que los Reyes Magos son imbatibles. El razonamiento de que los pequeños tienen más días para jugar no me convence, porque cuando deseas una cosa no te la “liquidas” en una semana. Me gusta fomentar la ilusión y el valor de ese trayecto que finaliza el día 6. Cuando nos hacemos mayores estamos orgullosos de recoger el relevo de tantas generaciones anteriores y de disfrutar de esa preparación. El objetivo final es ofrecer. Anteriormente hemos trabajado en la creación de ideas, hemos anotado nuestras sugerencias, recorrido los itinerarios por las tiendas adecuadas, rastreado aquello que se agota de éxito esta temporada,  pensando siempre en acertar y en la ilusión del otro. No es cuestión de tener un objeto super deseado tres días en activo y después olvidarnos de él. A mis dos hijas adolescentes les suelto con frecuencia el discurso de que no podemos vivir en una cultura “kleenex”, en la que lo que hoy es muy importante mañana no vale nada. También me sirve para los regalos de la lista de Reyes. Nos toca como padres hacer este tipo de pedagogía.

Cuando éramos pequeños con mis dos hermanos nos repartimos de forma natural qué rey nos apadrinaba. El mío sigue siendo Melchor. No dejamos de asistir la tarde del 5 de enero a la cabalgata. Nos emocionamos y nos sentimos en sintonía con esas miles de personas que están como nosotros apiñadas en las calles para saludar a los Reyes Magos, para darles la carta o recoger un puñado de caramelos. Me sorprende ver cada vez más a personas cuyos rostros nos dicen que proceden de países y culturas diferentes que también participan de esta tradición. Y para finalizar, ya de vuelta a casa, preparamos la bandeja con bebidas y dulces para que los Reyes repongan fuerzas. Sólo queda el repaso de las listas previas, los objetos escondidos, el ir y venir en ascensor, los letreritos, las chocolatinas, el carbón (en casa hay resistencia a que dejen) y la puesta en escena final. Es el colofón al encanto de una noche que da paso a un día mágico que merecerían disfrutar todos los niños.

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