Hemos dedicido hacer una escapada en familia el puente de diciembre. El plan es apetecible. Pero el antes y el después del viaje pasa por la tarea de hacer y deshacer maletas. A pesar de que la consigna es “vamos a llevar lo mínimo” la realidad es que somos seis de familia y  que hay que multiplicar esos mínimos por seis. Si además contamos que dos de las integrantes de la expedición son adolescentes debemos seguir multiplicando.

Reconozco que el tema maletas me agobia un poco y que siempre quiero solucionarlo lo más rápido posible. Cuando veo en las películas a esas personas que en un arrebato deciden hacer el equipaje y abren un cajón y con las dos manos cogen la ropa y la dejan caer tal cual en la maleta…para finalmente casi sentarse encima y cerrarla, me quedo sorprendida.

Planifico el equipaje con tiempo, lo tengo en mi mente o escrito en un papel. Les pido a los mayores que hagan su lista y que se preocupen con antelación de que lo que  quieren llevar esté limpio y planchado. Y con un día de margen voy colocando la ropa ordenadamente en las maletas -la ropa interior, las camisas, los pantalones…- y aparte el calzado y el neceser. Me molesta enormemente los imprevistos de última hora y las nuevas incorporaciones fuera de sitio.

La escapada es estupenda pero al volver la maleta por ordenada que esté siempre tiene peor aspecto que de salida. Y hay que empezar a lavar y a recolocar las cosas. Cuanto antes mejor. Resultado: pequeño maratón doméstico de lavadoras y plancha, maletas limpias y guardadas. Es el peaje de salir de casa.

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