Cuando los americanos encienden oficialmente su árbol de Navidad de Rockefeller Center de Nueva York toda la ciudad se impregna de espíritu navideño, los villancicos suenan de fondo y el ambiente invernal acaba de completar la escena de postal. Aquí en España hemos pasado una castañada casi primaveral. Estamos a menos de un mes de Navidad y parece que por fin despedimos la larguísima temporada estival.

Con frío o sin él  en casa tenemos a Nicolás, de cinco años, que nos recuerda  constantemente que falta poco para las fiestas. De hecho, hace unos días cuando íbamos al colegio y parecía que las temperaturas de primera hora de la mañana indicaban que el tiempo estaba cambiando, exclamó entusiasmado: “!yuju…hace frío. Llega Navidad!”. Desde ese día no ha dejado de pedir de forma insistente que pusiéramos el árbol de Navidad en casa.

Tradicionalmente las ferias de Santa Lucía, el 13 de diciembre -donde se venden abetos, figuras para el pesebre y adornos-, eran las indicadoras de las cuenta atrás hacia Navidad. Los últimos años la instalación de estas ferias se ha adelantado al primer fin de semana de diciembre y muchas tiendas se engalanan a finales de noviembre. Nosotros con Nicolás a la cabeza estamos en ese grupo de avanzados. En casa ya hemos inaugurado el montaje y la iluminación del árbol de Navidad. Ahora que ya está instalado le agradezco su insistencia. Una cosa que ya tenemos hecha.
El nuestro es un árbol  que se monta facilmente, del que no caen hojas y que guardamos doblado en una caja de un año para otro. La verdad es que pese a ser totalmente artificial tiene una apariencia muy natural, piñas incluídas. Una vez erguido, le recolocamos y extendemos las hojas aplanadas tras el letargo de la caja de cartón, le colgamos las bolas, le forramos los pies con una hoja de papel plateado y le ponemos las luces. Nicolás es el encargado del encendido diario cuando llega del colegio. Depende del día tenemos una iluminación estática, intermitente o una que va decreciendo en intensidad paulatinamente.

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