Como os decía ayer, mentalmente ya he empezado la cuenta atrás para Navidad y los preparativos que conlleva. Y cada día que soluciono una cosa, por pequeña que sea, me supone una descarga mental importante.

Hace poco, de regreso a casa pasé por una tienda que ya exponía pequeños detalles navideños para adornar la mesa o presentar los regalos. Se trata de una de esas tiendas bazares en las que puedes encontrar casi de todo a buen precio y que a mi marido le agobian sobremanea. Tiene razón que son poco relajantes, especialmente los días que están llenas de gente tocándolo todo y que en las cajas hay largas colas. Pero no era el caso. Lo que tiene jugar con tiempo y antelación es que puedes comprar tranquilamente y sin agobios.

No dudé. Entré en el establecimiento y compré por menos de diez euros unas cajas con motivos navideños, unas bolsas para guardar obsequios, unas pinzitas para poner el nombre en las servilletas con motivos de árboles o corazones y unos portavelas para pequeñas iluminaciones. El color predominante de todo lo que adquirí es el rojo, color por antonomasia de estas fechas. Algunos años combino los objetos rojos con verdes, platas o dorados. Éste me decanto por el plateado.

He guardado mis adquisiciones en un altillo y he apuntado en mi bloc de notas para que me pueden servir las nuevas compras. Esos pequeños detalles de presentación marcan la diferencia y pueden hacer muy grande una cosa minúscula. En ocasiones entregar un regalo sencillo bien presentado se convierte en una hecho solemne. Es bonito presentarlo con mimo y personalizado. Es un acto de delicadeza invertir en preparar las cosas, también en el envoltorio. De momento ya tengo lo de fuera. Pronto le pondremos algo dentro.

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