Hoy ha ocurrido un milagro doméstico. Después de tener la santa paciencia de guardar en mi armario una serie de calcetines huérfanos de pareja, he conseguido reunificar tres de ellos. Era una tarea que apuntaba al imposible pero con las fiestas por en medio alargué la vida de unas siete piezas sin concordancia. El tema de los calcetines me trae de cabeza. Mi marido usa siempre el mismo tipo de calcetines negros. Su enérgica forma de andar hace que algunos se desgasten hasta el punto de acabar en la basura. Si pasa con más de uno, agrupo dos y ya está. Mi hijo deportista siempre hambriento tiene el don de acumular calcetines varios en su bolsa de deporte y de echarlos a lavar en masa. Es propenso también a perder ejemplares en vestuarios y bolsas ajenas. El reto de que en una colada consiga emparejar todos los alcetines es permanente.
Mis hijas adolescentes acostumbran a intercambiarse ropa -transacción no exenta de conflictos-. También los calcetines. Como la mayoría de los días calzan botas, se ponen calcetines de diferentes colores. Cuando llegan a casa y se liberan de sus zapatos te enfrentas a un shock visual que antes sólo era digno de los payasos profesionales. Les da totalmente igual y declino en mi insistencia por hacer que cada oveja vaya con su pareja. En este repaso familiar, faltan los calcetines de mi hijo pequeño, que sólo sucumben a las misteriosas desapariciones de la lavadora.
Y llamádme repelente, pero mis medias y calcetines están bajo control. Bueno, hasta cierto punto. En los últimos tiempos desaparecen de mis cajones y acaban en las piernas de mis hijas, que ante una fiesta o acontecimiento especial, no quieren agujeros ni carreras a la vista. En una familia, el movimiento de calcetines es diario y multiplicado por sus miembros y actividades. Eso hace que las tareas de poner, vaciar y colgar las lavadoras sean especialmente arduas al llegar a las piezas pequeñas. Desde aquí lanzo a los míos un mensaje de ayuda con los calcetines. Y, sobre todo, que no cunda el ejemplo en otras casas. No se lo deseo a nadie. Quizá la idea que tengo del orden sea obsoleta y ahora el caos sea una nueva forma de organización.
Enlace relacionado: Hablemos de calcetines




3 comentarios
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enero 29, 2012 a 19:09
Mercedes Rodriguez Cros
Vamos a rizar el rizo.¿ Y si tienes un patio interior donde caen con facilidad los calcetines de tus amigos vecinos, con hijos de edades semejantes a los tuyos? A toda prisa, recoges la ropa tendida, o te la recoge algún adolescente servicial, y aumenta la cábala: emparejas con los vecinos, sobran otros, intentas por el olor de los suavizantes , que ya te son familiares ,reconocer a qué pies y piso pertenecen . Es entretenido, ¡¡suerte que caen limpios!!
enero 26, 2012 a 02:04
alba
Mi madre, que me ayuda mucho en casa, no entiende como hay tantos calcetines de mis hijos desparejados… Yo le digo que pasa en todas las casas, que no es cosa de la mía… Le haré leer este post a ver si la convenzo!
La verdad, es que es una cosa muy simple, pero es una pequeña alegria cada vez que consigues emparejar alguno de los calcetines desparejados!!!
enero 22, 2012 a 21:49
carmina
Buenas tardes, me anima, el leer este comentario tuyo, ya que veo que no solo pasa en mi casa el tema de los calcetines, hasta mi hija hace lo mismo que las tuyas de “combinar” calcetines desparejados, yo creo en el fondo que forma parte de la pereza que les da, hasta emparejarlos, pero por otra parte veo que son resolutivas y sobre todo practicas, no se sofocan tanto como nosotras, en esas cosas (no se si es bueno o malo), pero gracias por este punto de vista, a veces parece que ciertas cosas solo nos ocurren a nosotras. besos