Me sorprende cuántas veces al día les digo a mis hijos que se pongan las zapatillas. Creo que me prometí en su día que no lo haría porque cuando éramos pequeños mi madre nos lo decía constantemente. Y nuestro instinto nos llevaba una y otra vez a ir descalzos por casa. Pero, como en tantas otras cosas, repito el patrón. No sólo les digo “pónte las zapatillas” sino que además tengo una serie de argumentos de porqué deben llevarlas. Y de vez en cuando los voy soltando. El que tiene más peso es el de la higiene. No pueden ir descalzos porque por muy limpio que esté el suelo acabarán ensuciándose los pies.

Hace unos años visité a una pintora oriental que me recibió amablemente en su casa. Cuando llegué me ofreció una par de zapatillas de “cortesía” y me preguntó si no me molestaba cambiarme el calzado. Aunque me sorprendió el gesto, no me ofendió en absoluto. Una vez sentadas en su estudio, percibí que detalles como ese impregnaban un hogar limpio y cuidado. En casa tenemos por costumbre (algunos de forma espontánea, otros de forma inducida) cambiarnos el calzado al llegar de la calle. Si llevas muchas horas fuera de casa creo que el ponerse las zapatillas es uno de los símbolos más claros de vuelta al hogar.

En la actualidad las zapatillas de ir por casa no sólo son cómodas sino que además existen modelos bonitos. Las chicas de la casa vamos con bailarinas de Isotoner, marca con una laraga trayectoria en este terreno: www.isotoner.fr. Veréis que hay modelos francamente elegantes que parecen calzado de ir por la calle. Las encuentro en El Corte Inglés y en algunas mercerías y vale la pena comprarlas en rebajas. En el centro de Madrid hay una tienda de zapatillas Chinela (Jorge Juan, 3) donde hay modelos en piel y en una amplia gama de colores. Mis preferidas son unas manoletinas acolchadas.

Con los niños utilizo el consabido argumento de que si van descalzos se constiparán, aunque en casa con la calefacción sé que es improbable. Siempre me han funcionado bien los modelos que ofrece la marca Vulladi: www.vulladi.com. Algunos, cuando se hacen mayores, buscan su propia estética y se ponen, por ejemplo, zapatillas con el escudo de su equipo de fútbol. Y para hombre me gustan las que lleva mi marido de la marca Budberchic. Hay modelos abiertos o cerrados de serraje que parecen un mocasín.

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